La gestión discrecional de carteras de inversión

En los últimos años se ha puesto muy de moda la gestión discrecional de carteras de inversión. Para un pequeño inversor, es una forma muy sencilla de invertir en bolsa con un alto grado de diversificación y sin complicarse demasiado la vida, ya que le permite delegar la toma de decisiones en un gestor o asesor profesional.

Se trata de un servicio que ofrecen muchas entidades financieras y que permite a sus clientes desentenderse de la gestión de sus inversiones, ya que tanto la estrategia como la toma de decisiones de compra o venta de activos son tomadas por la entidad financiera en nombre del cliente.

Por ejemplo, en el caso de una cartera gestionada de fondos de inversión, la entidad financiera decidiría cuáles son los fondos que forman la cartera y en qué proporción. También se encargaría de hacer los rebalanceos, de mover el dinero del inversor de un fondo a otro o de intentar optimizar la rentabilidad de la cartera, con el objetivo de obtener el mejor resultado posible durante el plazo estipulado en el contrato.

Hace algunos años, esta gestión discrecional sólo se ofrecía a los clientes que tenían elevados patrimonios. Hoy en día, sin embargo, se ha convertido en un servicio al alcance de patrimonios de toda clase. Primeros fueron los bancos quienes comenzaron a ofrecerla a bombo y platillo. Más tarde, los robo advisors (o gestores automatizados de inversiones) la convirtieron en el eje fundamental de su oferta de servicios.

En España, la gestión discrecional de carteras se rige por la Circular CNMV 7/2011, publicada en el BOE con fecha 24 de diciembre de 2011, que establece las características básicas de los contratos-tipo de gestión de cartera entre las entidades financieras autorizadas para la prestación de determinados servicios de inversión y los clientes minoristas.

Con el objetivo de ofrecer la máxima transparencia y de no perjudicar a los pequeños inversores, esta normativa de la CNMV establece que en todo contrato de gestión de carteras debe aparecer, como mínimo, la siguiente información:

  • Los objetivos de gestión así como cualquier limitación específica a la facultad de gestión discrecional que afecte al cliente.
  • Los tipos de instrumentos financieros que pueden incluirse en la cartera y los tipos de transacciones que pueden realizarse con ellos.
  • La periodicidad con la que se informará al cliente sobre la evolución de su cartera, así como el soporte que recibirá y las tarifas que se le cobrará.
  • La obligatoriedad de informar inmediatamente al cliente cuando las pérdidas superen un umbral acordado entre las partes (que no podrá ser superior al 25% del patrimonio gestionado).
  • Los conflictos de interés que puedan existir entre la entidad gestora y su grupo con algunas de las sociedades en las que se invierta el patrimonio del inversor.
  • La posibilidad de que el cliente solicite información sobre cada transacción realizada por la entidad.
  • El límite de los compromisos de la cartera gestionada

Ventajas e inconvenientes de la gestión discrecional de carteras

Las carteras gestionadas ofrecen una serie de beneficios para los clientes. El más importante de todos es que les permite acceder a un tipo de inversión adaptada a su perfil de riesgo y a sus objetivos financieros, muy diversificada y gestionada de forma profesional por un gestor.

Además, se le libera de la carga de la toma de decisiones, ya que estas pasan a ser del asesor. Si este es confiable y los costes de gestión de la inversión no son elevados, los beneficios para un pequeño ahorrador de invertir bajo el paraguas y la supervisión de un experto son incuestionables.

Sin embargo, no es oro todo lo que reluce. Estas carteras gestionadas pueden llegar a presentar algunos inconvenientes. El más destacable de todos es que, aunque la mayoría de entidades financieras ponen sobre la mesa un servicio de gestión personalizado que se adapta a cada usuario, en la práctica este servicio está muy estandarizado.

La mayoría de entidades sólo ofrecen cuatro o cinco carteras modelo que se corresponden con unos perfiles de inversión generales en los que se va encasillando a cada cliente que llega. Por tanto, los inversores no contratan carteras exclusivas diseñadas especialmente para ellos, sino carteras tipo compuestas, en su mayoría, por un número determinado de fondos de inversión.

De esta forma, a un inversor de perfil conservador se le asigna una cartera con una proporción elevada de fondos de renta fija y con una proporción menor de fondos que invierten en acciones, para evitar la volatilidad; mientras que a un inversor con menor aversión al riesgo se le ofrece otra cartera con más renta variable y menos cantidad de bonos.

 

En resumen, las gestión discrecional de carteras de inversión es un servicio que puede ser interesante para según qué tipo de personas, siempre y cuando sus costes no sean elevados y se trate de carteras que realmente se adapten al perfil de riesgo de cada persona.